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| Aparición de ánimas el
Jueves Santo de 1841.
Un hecho mítico documentado históricamente. El 8 de abril de 1841, Jueves Santo, ocurrió un hecho extraordinario en la pequeña localidad de Las Muñecas, municipio de Sopuerta, en la occidental comarca vizcaina de las Encartaciones: multitud de ánimas se le aparecieron a Nicolás de Palacio, un campesino que buscaba por el monte una vaca perdida. Estas ánimas no eran terroríficas. Su aspecto e indumentaria eran agradables, le sonreían e incluso una le acarició la cara. Entre ellas había parientes y conocidos. Al preguntarles qué deseaban, la mayoría pidieron misas para poder entrar en el Cielo. Alguna hasta le dio un consejo: que siguiera viviendo como hasta entonces y recriminara a las malas lenguas. Otras lo saludaron o felicitaron por su buen comportamiento... También aseguraron estar contentas porque el día de Jueves Santo se ganaban 300 años de indulgencias. Nicolás de Palacio cumplió lo prometido: avisó a los familiares de las ánimas para que ofrecieran misas, encendieran velas o dieran limosnas. Al cabo de 22 días, en los alrededores de la anterior aparición, se le aparecieron 5 ánimas con peticiones más concretas: tal misa en tal iglesia, etc. El difunto Ignacio Martínez incluso llegó a culparle de que sus parientes no hubiesen atendido su voluntad. Nicolás le respondió que si le hubiesen entregado las peticiones en un papel habría sido más fácil, pero entonces las ánimas desaparecieron. Qué hay de verdad en todo esto, no lo sabemos, pero sí que Nicolás de Palacio le juró al sacerdote de Montellano, José María Sagarminaga, ser totalmente cierto. Cuando un hecho acaecido a una persona con nombre y apellidos en un lugar y fecha concretos está documentado, hay que darlo por histórico, aunque sea para afirmar que el testigo y/o protagonista mintió. De hecho, la palabra mentira no es apropiada para este tipo de acontecimientos, por muy increíbles que nos parezcan actualmente: la realidad mítica no coincide con la histórica, pero eso no significa que la mayoría de la gente distinga los dos planos a la hora de analizarlos. A cualquiera que conozca algo de mitología vasca le resultarán familiares algunos elementos de este relato. Para empezar, las referencias a las ánimas errantes, referencias no sólo religiosas, sino también foklóricas y literarias, son abundantes en toda Europa, por no decir en todo el mundo. Las hay de dos tipos, las condenadas a sufrir castigo eterno, pero no en el infierno, sino errando por el mundo, con las que es mejor no toparse, y las ánimas del Purgatorio, que piden ayuda porque murieron sin haber cumplido sus promesas en la vida terrena. Días como el Jueves Santo o el de Difuntos son muy apropiados para su aparición. Según cuentan (tal vez mejor decir, contaban) en Bermeo, no es raro que aparezcan en el camino de Gaztelugatxe. Pese al susto que provocan, suelen ser agradecidas y tienden a dar la mano a quien las favorezca antes de ascender al Cielo. Cuidado entonces, pueden llegar a quemar, por lo que conviene protegerse con un pañuelo, donde quedará la forma quemada de la mano. Este gesto, mencionado en multitud de descripciones, hace que resulte extraño el detalle de acariciar la cara de Nicolás de Palacio. Sin embargo, hay muchas coincidencias entre su relato y otros recogidos por los estudiosos, por ejemplo, los que reprueban trabajar el Jueves Santo a partir del mediodía; tal vez fuera eso lo que quería justificar Nicolás. La búsqueda de un animal perdido también es frecuentemente preludio de muchos relatos en la mitología vasca, cuando se invade el tiempo y espacio "de los del otro lado", como pueden ser el bosque, la niebla, la noche, las cuevas, los cementerios o las fiestas de guardar de la Iglesia. También son recurrentes otros elementos, como la petición de misas en tres iglesias distintas, las peregrinaciones a templos concretos, las velas encendidas, etc. Este hecho "histórico", y su veracidad, se entiende mucho mejor en el amplio contexto de la religiosidad popular de la época. La facilidad con que se asumían hechos sobrenaturales como cotidianos en los años posteriores a la Primera Guerra Carlista no se limitaba a las comunidades rurales, ya que llegaban a condicionar acciones de alta política: el Pretendiente Don Carlos, por ejemplo, nombró Generalísima de todos los ejércitos a la Virgen de los Dolores . La reina Isabel no era menos crédula. En plena guerra, concretamente en 1835, en Madrid se extendió el rumor de que a una monja llamada Sor María Rafaela de los Dolores y Patrocinio se le abrían cinco llagas, como a Jesucristo. Esta monja afirmaba poseer una imagen milagrosa de Nuestra Señora del Olvido, del Triunfo y de las Misericordias, devoción que ella misma había inventado. Como proclamaba que la regente Mª Cristina era malvada y que, por tanto, su hija no podía reinar, fue expulsada de Madrid por el Gobierno liberal. Volvió terminada la contienda e influyó mucho en la reina Isabel y en su marido, pese conocerse la falsedad de las llagas y los oráculos. Según decían los liberales progresistas, era ella quien gobernaba en España. Ahora que estamos en Cuaresma, conviene recordar aquella parición de las ánimas en Las Muñecas para entender un poco mejor la forma de pensar en los tiempos de Zumalacárregui, tan lejana a la nuestra. |
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